Deportes Managua

Remembranzas del Chele Araquistain

*Entró por la puerta grande a un grupo de estrellas de la narración deportiva

*El ángulo humano y de auto superación de un cronista completo

Por Bosco León Báez
LA CALLE

“Hey, la próxima vez que vengan, traigan a los que saben jugar”. Así nos despidió Francisco Xavier Guadalupe Araquistain Cisneros, luego de habernos ganado en una perrera de tres partidos de basquetbol en la cancha de Los Marañones”, en la Colonia Centroamérica, a mediados de 1973, hace 48 años.

Este trabajo es para recordar el momento que nació mi amistad con el “Chele”. Sería un profano de primer orden hablar de la capacidad del cronista deportivo que fue en nuestra tierra. Lo que sí puedo asegurar es que ahora “El Chele” se está fajando taco a taco, con los mejores cronistas y locutores deportivos que tuvo Nicaragua: Sucre Frech, El Porteño Jarquín, Evelio Areas, Armando Proveedor y otros.

El terremoto de 1972 trasladó a mi familia a la Colonia Tenderí, al norte de Ciudad Jardín. Por suerte la mayoría de mis compañeros de clases vivían en el antiguo barrio de clase media, nuevamente éramos vecinos. Armando Olivares, “el flaco”, tenía familia en la Colonia Centroamérica y una tarde nos dijo que en esa colonia, había una cancha de baloncesto donde todos los días se armaban buenas perreras. En Ciudad Jardín, el flaco Olivares, Máximo y Otoniel, eran rijosos al básquet, todas las tardes estaban en una cancha improvisada en una calle tirando a la canasta. Nosotros creíamos que ellos eran lo mejorcito de la capital.

En sus primeros días en la narración deportiva.

Una tarde, el Flaco nos dijo que había hablado con uno de los muchachos de la Centroamérica y que podíamos ir a jugar una perrera maseada con ellos. Nos animó y entre todos reunimos un poco más de C$150 pesos para la maseada. Concertamos la fecha y un sábado a las nueve de la mañana nos fuimos a la Centroamérica. Como yo no jugaba, el Flaco me encargó que manejara el dinero de la apuesta. Al llegar a la cancha de Los Marañones pregunté de manera envalentonada con quien me arreglaba.

Uno de los del equipo de La Centroamérica pegó un grito: “Chele, aquí te buscan”.

Veo venir a joven, chele, tamaño familiar y además con un cuerpo definido. Nosotros éramos flacos.

-“Entonces, ¿de cuánto nos vamos a ir?”, preguntó el Chele

-“De lo que ustedes quieran”, le contesté en tono bujón.

-“Dale pues. Vamos de 50 pesos, tres contra tres, el que llegue primero a los 30 puntos gana”, dijo el Chele.

Paliza de perro

Perfecto le dije y de inmediato arrancó el juego. En el primero apenas anotamos 10 puntos, en el segundo 12, y el tercero casi nos da capote, anotamos 8 puntos.

El Chele Araquistain y el “Búfalo” Alvarez.

Salimos a buscar el bus, palmados y con la vergüenza de la apaleada que nos habían dado esos tres chavalos. Uno era el Chele, otro que le decían el “Pequeño Juan”, pero medía más de seis pies y pesaba casi las 200 libras, el otro no me acuerdo de su nombre pero sé que estudió en el instituto Rubén Darío y hoy es ingeniero civil. El Flaco que era el más estudiado en básquet nos dijo que “no había manera de ganarles, ese Chele es bravo, sabe jugar y la puntería al tablero es de lo mejor”.

Un día el Chele, Xavier Araquistain nos mandó una razón con la prima del “flaco” Olivares, que cuando quisiéramos estaban listos para jugar “ladrillete”, o que si queríamos otra nalgueada, con todo el gusto del mundo nos esperaban.

Fue una tremenda burla, pero era la verdad. Nunca volvimos a ir, ¿para qué?

En la década de los 80, laboré en medios de comunicación. Volví a encontrarme con el Chele, esta vez ya éramos amigos, pero siempre saltaba a la conversación la apaleada que nos habían dado en la cancha de Los Marañones.

Solo el Chele podía narrar futbol americano, díganme ustedes. Era tanta la capacidad de él, que si hubiese habido un campeonato de taba o ladrillete, el Chele la hubiese narrado con la pasión y el amor que lo hacía con el básquet o el baseball. Se lo llevó el Señor al más completo narrador y comentarista deportivo de este país.

Mi amigo, Francisco Xavier Guadalupe Araquistain Cisneros, está ocupando el lugar que le corresponde en el Paraíso.

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