Managua Portada

Managua se hundía meses antes antes del terremoto de 1972

*En marzo de ese año, el Instituto Geológico Nacional reportó que la zona de la Colonia Centroamérica se había hundido 4 centímetros
*El Arbolito, una de las referencias icónicas de la antigua capital, se desplomó a inicios del fatídico año
*El centro de Managua quedó atrapado entre alambres de púas de 6” y 8”

IIa. y última entrega

Por Bosco León Báez
LA CALLE

La noche del viernes 22 de diciembre de 1972, miles de managuas se abocaban a las actividades festivas. La capital, en esa época, contaba con una amplia, variada y sana vida nocturna. Durante el día las principales calles y avenidas de la ciudad permanecían atestadas de compradores o mirones, que se preparaban para la celebración de la Nochebuena, los regalos para la familia. Pero la fiesta de Navidad no alcanzó a llegar.

A las diez de la noche de ese día, un pequeño temblor y el sonido de un lejano retumbo, fue sentido por una minoría de sus habitantes, no así por los animales domésticos (los perros, gallos y gallinas) que aullaron, ladraron y cantaron avisándonos del peligro, que no llegamos a advertir.

“En mi casa, a las diez de la noche, las gallinas de mi abuelita Leonor armaron un relajo”, cuenta Julio Alvarado. “Me acuerdo de que mi mamá me dijo, “andá al gallinero a lo mejor algún zorro cola pelada está molestando a las gallinas”. Pero no había ningún zorro. En ese momento los perros y las gallinas estaban presintiendo lo que nos venía”.

A los treinta minutos del 23 de diciembre llegó el golpe que destruiría la ciudad. Unos 45 segundos de movimiento terráqueo hizo que las endebles y débiles construcciones de taquezal se vinieran al suelo. Diez minutos después se produjo el golpe final que terminó de completar la demolición de la capital llevándose más de 10 mil vidas.

La muerte envuelta en polvo

Los edificios y casas que habían soportado el terremoto de 1931 cayeron envueltas en una asfixiante nube de polvo del taquezal, volviendo la noche aún más oscura y llena de terror por la falta de energía eléctrica.

En los alegres y bullangueros barrios de Managua, como San Sebastián, Santo Domingo, Candelaria y San Antonio, murieron miles de ciudadanos al quedar sepultados por las inmensas paredes del viejo taquezal, otros quedaron prensados por enormes y pesadas maderas que soportabas los techos de tejas en la mayoría de las casas de Managua.

Los ancianos de esa época eran propensos a cábalas y supersticiones, temerosos, y recordaban que ese año fue bisiesto, lo que traía malos augurios. Los medios de comunicación, dominados por la radio y los diarios, publicaron ese año, muchas notas de sucesos extraños ocurriendo en el país. Aquí un breve listado:

* El 4 de enero se reportaron seis temblores en la capital. Los temblores y sus réplicas tuvieron su epicentro en las Sierras de Mateare.

*Ese mismo mes, enero, los periódicos informaron sobre partos prematuros en los hospitales del país. La Cruz Roja Nicaragüense dijo haber atendido cientos de casos de histerismo.

*El famoso “Arbolito”, que fue y aún lo es un punto de referencia de Managua, se desplomó en pleno mediodía el domingo 16 de enero.

*En febrero de ese año, el multimillonario Howard Hughes (cuya vida protagonizó Leonardo DiCaprio en El Aviador) llegó al país y alquiló varios pisos del Hotel Intercontinental en donde se encerró durante semanas. El terremoto de 1972, sorprendió a Hughes en el sexto piso del que salió huyendo en su avión privado.

*La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) condenaba en febrero los ataques a la libertad de prensa por el gobierno de Somoza quien, al llegar a República Dominicana, fue recibido en protesta por miles de estudiantes en las calles de Santo Domingo.

*En marzo, el Instituto Geológico Nacional, lo que hoy es INETER, reveló en una conferencia de prensa, que Managua se había hundido 4 centímetros en el sector de la Colonia Centroamérica.

*En mayo, el director de Radio y Televisión del gobierno de Somoza, el tristemente célebre mayor Alberto Luna, impuso la censura previa. Ordenó a los corresponsales de las agencias de prensa internacionales, que todos los despachos y noticias que quisieran publicar por sus medios tenían que ser enviados a su oficina antes de ser transmitidos para su aprobación.

Avenida Roosevelt, frente al Gran Hotel.

La contabilidad de la muerte

Según datos oficiales del gobierno de Anastasio Somoza, en el terremoto del 23 de diciembre sumaron los siguientes resultados

Fallecidos: De 9,000 a 10,000 personas.

Heridos: 20,000.

Desaparecidos: 18,000 a 20,000.

Viviendas destruidas o dañadas: 74,000.

Hospitales afectados: El del Instituto del Seguro Social, Bautista con severos daños. El Hospital El Retiro pasó a pérdida total, al ser declarado imposible de ser reconstruido.

Educación: Más de 960 aulas destruidas o y dañadas seriamente.

Oficinas públicas: 340 mil metros cuadrados perdidos o dañados.

Costo calculado de los daños totales: US$1,200 millones de dólares.

Costo de los edificios destruidos: US$850 millones de dólares.

Área cercada del centro de Managua: Más de 450 manzanas, cercadas con alambres de púas de 6 y 8 pulgadas.

Agua y luz: El 90% de los habitantes de la capital quedaron durante meses o años sin servicios básicos después de la tragedia.

Donaciones recibidas en los siguientes seis meses al terremoto: USD$32 millones de dólares, de los cuales 26 millones fueron destinados en compra de alimentos. Ese año el gobierno recaudó vía impuestos más de 475 millones de córdobas.

Los daños y saqueos al comercio

El incendio que se inició en los mercados San Miguel y Central, luego del potente sismo, tardó una semana en ser extinguido. El saqueo a la zona comercial comenzó al amanecer del 23 de diciembre. Cienes de hombres, mujeres y chavalos, corrían y/o saltaban sorteando los escombros. Los saqueadores continuaron durante varios días en su brutal tarea. Algunos dueños de establecimientos tomaron sus medidas como mantenerse al pie de sus negocios portando armas para defenderlos, pero con eso y todo el saqueo continuaba.

Las joyerías, ubicadas en su mayoría en la calle 15 de Septiembre, fueron el primer blanco de los saqueadores. Las tiendas de ropa y calzado también fueron vaciadas. Los comercios que vendían esa navidad, televisores, grabadoras, consolas y refrigeradoras, desaparecieron cargados en los hombros de delincuentes improvisados. “En mi barrio Santo Domingo, recuerda Adrián, vimos pasar a un hombre delgado y de baja estatura, cargando sobre sus espaldas una refrigeradora de unos 6 pies, el tipo la cargaba como si no llevara nada”.

La culpa de los saqueos fue echada a los habitantes de los barrios marginados como Acahualinca, Miralagos, Pescadores, pero la realidad era que de todos los barrios de la ciudad salieron cuadrillas de personas a saquear las tiendas, supermercados y comercio en general, agrega Adrián.

“Si vos pasabas por el barrio Vietnam, que estuvo ubicado donde hoy es el hospital Militar, podías ver en una de sus calles, a los residentes vendiendo los productos que habían saqueado.

“Mi tío Rolando, quien era médico, compró en este sitio un marcapasos, el que se lo vendió ni idea tenía de que cosa estaba vendiendo”, comentó.

“Esto es cierto -dijo Raúl- en el antiguo Open 3, hoy Ciudad Sandino, vos veías unas ofertas de rones los mejores whiskys, juguetes, utensilios de cocina, en este populoso barrio. No es cierto que los del barrio de Pescadores fueron los únicos que saquearon los negocios destruidos.

No había suficientes guardias

Uno de los problemas que enfrentó el régimen de Somoza fue la falta de guardias en la ciudad. Muchos dejaron el uniforme y sus armas y corrieron a buscar a sus familiares y otros que estaban de postas en el Hormiguero, salieron despavoridos al ver caer tres paredes del cuartel. A otros se les vio saqueando con sus fusiles de reglamento y llevándose lo mejor de los negocios. Una prueba de esto fue el saqueo que sufrió La Princesa, una joyería propiedad del cantante nicaragüense Luis Méndez. Luego se supo que el Coronel Alegría había llegado con dos alistados a saquear las joyas y el oro que ahí había para la venta.

El 25 de diciembre, el presidente Anastasio Somoza aprovechó la situación de terror que vivía la ciudad y declaró que los saqueadores habían sido “peor que el mismo terremoto”, por lo que instaló el toque de queda desde las 7 de la noche hasta las 6 de la mañana, pero este no resolvió para nada el saqueo. Un total de 181 establecimientos comerciales quedaron totalmente destruidos, 111 quemados en su totalidad y 118 fueron arrasados por el saqueo.

El 24 de diciembre, con la calma regresando poco a poco, las personas iniciaron la búsqueda de comida que tenían en refrigeradoras o en los bufetes donde se almacenaban los granos básicos. Había que comerse todo, no había energía eléctrica y antes que se descompusieran era mejor comérselos. Había que sacar las cosas que habían quedado en buen estado, muebles, camas, sillas y demás enseres. Ya se había mal dormido en plena calle y además en el suelo. Todos los vecinos de mi barrio Santo Domingo, iniciamos esta tarea, había que ordenar todo lo que fuera necesario para seguir adelante.

Organizar el pos-terremoto

Los hombres mayores salían a buscar agua, gasolina, medicamentos y lo que fuera necesario para estar protegidos, ya que no teníamos ni idea cuanto tiempo pasaríamos viviendo en plena calle. Adrián recuerda, que el 27 de diciembre “muy de mañana llegó mi tío Joaquín, el hermano mayor de mi papá, con un pequeño camión para llevarnos a Chinandega. Ustedes se imaginan lo que significa abandonar el lugar donde naciste y viviste por 18 años, fue un dolor seco y un trago amargo, pero no había de otra. Quise ir donde mi novia, quien vivía en Cristo del Rosario, mi papá me dijo que no fuera, que era peligroso. Salimos a las dos de la tarde y llegamos a Chinandega hasta las ocho de la noche”.

La carretera hacia ese lugar estaba totalmente llena de carros, camionetas y camiones, cargando a familias y sus bienes y enseres para restablecerse en el occidente del país. “El éxodo era espantoso, en los camiones podías ver camas, muebles y la familia entera sobre la plataforma del camión. Creo que trasladarse de tu casa a un lugar donde solo llegabas de visita fue lo peor que me pudo pasar, gracias a Dios a mi papá lo llamaron del banco a mediados de enero, yo me vine con él y dos semanas después fuimos a traer a mi mamá y mis hermanos, habíamos encontrado una casa en Monseñor Lezcano, la cual alquiló y donde vivimos por más de 15 años”.

“La carretera a Masaya también estaba espantosa”, recuerda con tristeza Raúl. “A nosotros nos tocó irnos a Granada. El tráfico estaba horroroso, los vehículos iban casi pegados unos con otros, un viaje que generalmente se hace en 50 minutos, ese día lo hicimos en 4 horas. Además del tráfico, los camiones y camionetas iban bien despacio por la enorme carga que llevaban. Cuando pasamos por la Colonia Centroamérica, recuerdo que mi mamá se puso a llorar. La tomé en mis brazos para consolarla, ella me dijo: “Hijo, todo el sacrificio que tu papá y yo hicimos para que ustedes tuvieran su casa, se vino abajo de un solo golpe”. Yo lloraba con ella, diciéndole que se calmara, pero mi papá me dijo, “déjala que llore, para que se desahogue, no ha soltado una sola lágrima desde el terremoto”. Ese fue el primer momento más espantoso en mi vida, el segundo fue cuando se me fue al cielo”.

Avenida Roosevelt, en la esquina del Pedagógico, el Hormiguero y la Academia MIlitar. Casa Sengelmann

La vida en campamentos y la ayuda

En el kilómetro 4 de la carretera Sur, donde hoy es la colonia Batahola, el gobierno de Somoza instaló un campamento bautizado como Sheltonville, o campamento La Esperanza, con casas de campaña, en que fueron albergadas más de 1,500 personas, que provenían de diferentes puntos de la capital, de entre la calle 15 de Septiembre y la Avenida del Ejército, Avenida del Triunfo y de los alrededores del Ramírez Goyena.

La comida se entregaba preparada, no daban granos básicos, y las cocinas las podían utilizar todos los miembros de campamento Sheltonville, que contaba con un centro médico, fumigación a las letrinas y desechos de comida.

La ayuda internacional no se hizo esperar, el primer gobierno que envió médicos, medicinas y personal de enfermería fue Cuba, aún y con las diferencias ideológicas políticas que Somoza tenía con Fidel Castro. Los Estados Unidos también se hicieron presente en ayudar al pueblo de Nicaragua. Donó miles de toneladas de medicinas, frazadas, alimentos enlatados. También trajo maquinaria pesada para la limpieza de escombros en toda la capital. Países, como México, y los países centroamericanos, también enviaron su ayuda.

Una vez que llegó la maquinaria pesada de los Estados Unidos y con la supervisión del Distrito Nacional, iniciaron la tarea de limpiar los escombros. En el cementerio general, una parte de la maquinaria abrió enormes fosas comunes para enterrar los cadáveres que estaban en estado de descomposición y que luego de varios días aún permanecían en las viviendas caídas, edificios y aún en las calles. El Distrito Nacional tuvo que contratar más de 600 personas para lo que se llamó en ese entonces el “escombreo”. La tarea de estas brigadas era entrar a un edificio, casa de habitación o negocio abandonado a buscar cadáveres, sacarlos a la calle y avisar al supervisor para que enviara la pala mecánica para que lo llevara a la fosa común en el cementerio general.

Historias negras

Miles de anécdotas e historias contaron entonces los trabajadores de escombreo. Muchos encontraron dinero en efectivo, joyas y hasta algún electrodoméstico que sus dueños habían abandonado al salir huyendo de sus propiedades. En el barrio Cristo del Rosario se contaron las historias de tres escombreros que vivían en este barrio y les tocó ir a trabajar en el barrio San Antonio.

Luego de dos días de trabajo, soportando el hedor a los cadáveres en descomposición, uno de ellos encontró debajo de una enorme solera los cuerpos de un matrimonio, los dueños de la vivienda. Llamó a sus compañeros de trabajo y sacaron los restos a la calle. Cuando estaban levantando uno de los cuerpos, observaron que el señor andaba puesto una gran esclava de oro y su anillo de matrimonio, pero como ya estaban como decimos soplados, los trabajadores les cortaron las dos manos para quedarse con tan preciado hallazgo.

Los marines norteamericanos quemaron muchos cuerpos en descomposición, sobre todo los que fueron sacados a la calle por los trabajadores del Distrito Nacional que hacían el escombreo. Muchos fueron llevados a las fosas comunes y otros incinerados por las cuadrillas de los marines. Según esas historias, los soldados estadounidenses les prendían fuego arrojándoles unas pelotitas pequeñas que cargaban. Las dejaban caer con fuerza sobre los cuerpos y estos de inmediato tomaban fuego. Era increíble ver los restos cuando se levantaban y volvían a caer al suelo, producto del fuego.

Cuál fue la pérdida real

Las pérdidas materiales sumaron miles de millones de dólares, pero, ¿cuánto fue lo que perdimos los managuas con el terremoto? No existe una manera de cuantificar los verdaderos daños, incluyendo la moral, costumbres y tradiciones.

“Lo primero que yo colocaría sería el concepto de la solidaridad”, dice Adrián Morales. “Vos te acordás que cuando había un enfermo en el barrio, todas las señoras vecinas le enviaban consumé de garrobo, arroz aguado, la infaltable Kola Shaler, enormes vasos de cebada, conocida en esos tiempos como el fresco de los enfermos. Todos los días mi mamá me enviaba a la casa de la persona que estaba enferma, con un vaso de cebada y de paso preguntar cómo había amanecido. Eso hoy no existe, se lo llevó el terremoto”.

La enseñanza pública hasta el terremoto era de las mejores de Centroamérica. “No tenía absolutamente nada que envidiarle a la de los colegios privados. ¿Dónde conseguís en estos dorados tiempos, un colegio público del nivel de Instituto Nacional Central Ramírez Goyena? Nunca”, dice Adrián categóricamente. “No quiero decir que el gobierno de Somoza se preocupaba por brindar buena educación, pero las buenas costumbres que reinaban en esos tiempos hacían que la educación fuera excelente. No me acuerdo haberles faltado el respeto a mis padres, familiares y menos a un profesor. Si por mi rebeldía propia de mi generación, le hubiera respondido mal a mis padres, te puedo asegurar que mi mamá se había encargado de que no lo volviera hacer, por eso hoy estoy contando el cuento”.

“Antes -comenta Raúl Membreño- si un profesor les enviaba una nota a tus padres por no llevar una tarea, o le faltaste al respeto, al llegar a mi casa mi altanería y malacrianza, las dejaba colgada en la puerta de mi casa. Ahora, si el alumno lleva esta nota, la madre se presenta al colegio, hecha una furia contra el maestro. Lo amenaza de acusarlo ante los tribunales por querer “traumar” al niño, según lo establece el Código de la Niñez y la Adolescencia. Por eso estamos como estamos”, dice Raúl. Las coyundas, las vergas de toro, el alambre eléctrico y otras formas de disciplina que usaban nuestros padres, desaparecieron con el terremoto.

Una linda aldea

Managua era una aldea iluminada. Todos saludábamos con los buenos días, buenas tardes o buenas noches. Hoy los muchachos entran sin saludar a nadie y si los regañás, entonces el chavalo se altera ya que le están violando sus derechos de adolescente. Nuestras tradiciones religiosas se perdieron, acota Raúl. “Por favor, ¿díganme en que iglesia de la Managua de hoy sale el domingo de ramos la procesión de la Burrita? En ninguna. Antes en todos los barrios salía una, la mejor era la de la iglesia de San Sebastián. Las procesiones de los Vía Crucis, El Santo Entierro, la del Resucitado, donde las puedo ver, ya pasaron de moda, me dijo una vez un irresponsable”.

“Hasta los juegos de nosotros desaparecieron”, dice riéndose Adrián. “Ahora los muchachos, se divierten solos, juegan el tal “Roblox”, en una máquina que se llama Play Station, la cual vale un montón de dólares. Antes mis chibolas, trompos, bola de tenis, lechuzas, no llegaban ni a un dólar, pero lo disfrutábamos, éramos felices y además en total camaradería con todos los chavalos del barrio”.

Por todo lo antes relatado, los managuas que vivimos en su lecho, aún lloramos su partida. Ella nos vio nacer, nos educó y hoy los que sobrevivimos de la hecatombe del 23 de diciembre de 1972, la añoramos, pero la seguimos queriendo.

¡Que descanse en paz nuestra destruida y querida Managua!

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