Managua

Los 70: Los lavadores de carros de la Plaza de la República

*Olvidados por el tiempo, guardadores de muchas historias

Por Bosco León Báez
LA CALLE

El parque vehicular en la Managua de los 60 y 70 era pequeño y al pasar por la Plaza de la República, entre lunes y viernes, podíamos contemplar estacionados en la enorme explanada más de 100 carros.

La mayoría eran de personas que hacían gestiones en las oficinas del Palacio Nacional, y otros tanto eran de funcionarios del gobierno que laboraban en ese lugar. Muy pocas veces se veían allí estacionados los carros de los diputados y senadores de las cámaras alta y baja porque sus conductores solo los llegaban a dejar y luego a traer.

Muy temprano por la mañana llegaba religiosamente a la plaza, un grupo de seis jóvenes dedicados a lavar carros. Se vestían casi de la misma manera: pantalones arremangados, chinelas de gancho y una camisola. Sus herramientas de trabajo eran: un balde de plástico, tres lanillas y un cepillo. El sexteto era muy ordenado ya que se rifaban a la cara y sol el orden en que solicitarían al cliente si les lavaba el carro.

Cada lavada costaba cinco pesos y si el dueño del vehículo quería un pasteado el precio subía a diez.

“Me acuerdo de dos de ellos”, recuerda Roberto Mendoza. “Yo le hacía mandados al Dr. Sánchez, quien vivía frente a mi casa y él me enviaba al Palacio a comprar papel sellado, pagar impuestos y hasta traerle un par de servicios de vaho con cacao. Memo “trompa”, era uno de ellos y el otro “el Negro” Zelaya. Ambos eran arrechos a trabajar, “trompa” tenía un hijo pequeño y “el negro” mantenía a su mamá y a sus dos hermanos. El calor que hacía en esa plaza, asfaltada, al mediodía, era como estar en el infierno. Para calmar el fuero constamente se echaban agua en el cuerpo.

Cuando no tenían carros que lavar iban a visitar a los lustradores del Parque Central para jugar desmoche o ladrillete con ellos, así se armaban unas jugaderas de hasta cinco pesos por mano.

A las tres de la tarde, la plaza se vaciaba, casi no había vehículos. Ese era el momento en que los lavadores empezaban reiniciaban una especie de liga, no oficial, de las más bravas de Managua: hand ball . A esa hora llegaban chavalos de los barrios vecinos San Sebastián, Cristo del Rosario, San Antonio y Candelaria, a fajarse con los seis lavadores.

“Recuerdo al zurdo Bermúdez de Cristo del Rosario”, cuenta Roberto, “era buenísimo”. Llegaba con cuatro chavalos de su edad, se quitaba la camisa y los zapatos. Verlo jugar era una obra de arte, sobre todo cuando la rifa era taco a taco y a un inning. Rapidito se ganaban o perdían entre 30 y 50 pesos en la maseada del juego. “Es bueno que les aclarés a los lectores del Semanario que con 50 varitas de ese tiempo, comprabas 15 libras de posta sin ningún problema”, agrega nuestro cronista.

“Nunca vi perder al zurdo Bermúdez en una rifa taco a taco”, agrega.

El encuentro en Guatemala

Roberto Mendoza recuerda que hace unos tres años visitó a sus dos hijas en Guatemala. Una mañana salió a dar una vuelta por la capital chapina y a unas seis cuadras de donde viven sus hijas se encontró con un negocio de lavado, pasteado y abrillantado de vehículos. “Me llamó la atención ver dirigiendo a los lavadores a un hombre alto, gordo y entrado en años. Lo quedé viendo y pensé, se parece a Memo “trompa”. Me acerqué donde el hombre y le pregunté ¿usted es nicaragüense? Él me contestó: “Además de nica, soy arrecho al frito, la moronga y el pebre”.

Nos saludamos y me invitó a sentarme. Es que se me parece a un joven de antes del terremoto que lavaba en la Plaza de la República. El hombre con gran alegría me dijo: “Soy yo”. Me decían Memo Trompa, por la gran guayaba que me gasto como boca”, repondió a carcajadas.

“Vivo aquí desde 1985, y como no sabía hacer nada, mi primer trabajo fue en un carwash, laboré ahí por unos seis años hasta que recogí suficiente dinero para instalar mi negocio, gracias a Dios me va bien, no soy millonario pero mi familia come diario y yo bebo guaro semanal”.

Me despedí de “Memo trompa”, sabiendo que él y sus otros compañeros de labores en la Plaza, fueron parte de los personajes que día a día y bajo el inclemente sol se ganaban honradamente su sustento diario.

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