Managua Portada

Crónica: Las horas previas al terremoto de 6.2 Richter

*¿Qué hicieron los managuas en las 12 horas al cataclismo?

*¿Reían? ¿Cantaban? ¿Compraban? ¿Disfrutaban de la Navidad en ciernes?

*Anécdotas de ese día fatídico y del calorazo que no pocos dejaron de notar

Por Bosco León Báez
LA CALLE

“Cuando suenan los tambores,
Nicaragua va a temblar,
Baila el flaco, baila el gordo,
No hay quien se pueda aguantar”.

Esta es una estrofa de la sabrosa canción de los Hermanos Cortez, “Cuando suenan los tambores”, interpretada por el vocalista Sergio Cortez Vargas, fallecido la noche en 2016 a los 71 años en su natal León.

El tema alcanzó el pico de la moda en noviembre de 1972, con celebración del Mundial Nicaragua Amiga 72. La noche del 3 de diciembre de ese año, se jugó el partido entre Cuba y Nicaragua, en que el lanzador Julio Juárez les dio un regalo navideño anticipado a los cubanos, una blanqueada de 2 x 0.

Para Nicaragua fue la canción de la noche, en los parlantes del Estadio Nacional la hicieron sonar durante horas. Veinte días después Managua tembló como nunca, llevándose miles de vidas de capitalinos y dejando en escombros a todo el centro de la vieja capital.

Hasta la media noche del viernes 22 de diciembre, Managua era hermosa, linda y bullanguera. Sus principales calles y avenidas, llenas de luces de colores. Se respiraba festejos, gallina rellena, Pío V, marquesote y sopa borracha. Los chavalos esperábamos impacientes la llegada del Niño Dios. Los estrenos de ropa y calzado, listos para lucirlos el 24 por la noche. La pólvora de la Caimana le ponía más sabor a los barrios de Managua. Los bares y restaurantes hasta la pata como decimos en español nicaragüense.

Pero algo extraño se percibía la noche del viernes 22, el cielo se puso rojizo y el calor fue insoportable, en pleno diciembre. La naturaleza nos daba una señal del golpe y muy pocos lo entendieron.

Los mayores especularon con las supersticiones al ver el cielo rojo. “Señales en el cielo, desgracia en la tierra”, repetían las beatas aferrándose al Rosario. La luna se dejó ver un poco llena, luego de haber estado en todo su esplendor dos días antes. Los vecinos de los barrios se apostaron en las aceras de sus casas para apaciguar un poco el calorazo que no los dejaba tranquilos.

El primer temblor fue a las 10 de la noche. La hecatombe estaba a punto de comenzar. Pero los dueños y la vela de la Navidad hizo que nadie le pusiese mucha atención, los que estaban en fiestas siguieron bailando y bebiendo, en los barrios más personas salieron a la calle.

Mi abuela Bertha, rezaba calladita: “Aplaca Señor Piadoso, tu justicia y tu rigor, por la sangre que derramaste, Misericordia Señor”. A la alegría reinante no la detendría un temblor, sobre todo que vivimos en un país altamente sísmico. Poco después llegó el segundo sacudión y muchas personas empezaron a tomar medidas de precaución. María Blas, matrona de mi barrio, empezó a pasar lista de sus ocho chavalos para tenerlos cerca, como la gallina con sus polluelos. “No se me vayan largo, los quiero tener a la cuartita”, les dijo a grito partido.

Un año lleno de simbología oscura

Las supersticiones agitaban a los mayores de edad que empezaron a infundir el miedo: En un año bisiesto, el calor insoportable en pleno diciembre, y un cielo rojizo, los abuelos repetían “señales en el cielo, desgracias en la tierra”. Con todo y el color del cielo, aún se podía contemplar una luna algo llena, la cual había estuvo en su esplendor dos días antes, el 20 de ese mes. Pero actuando como una cómplice, como cualquier vulgar ladrón, se escondió en la oscuridad de la noche para no ver lo que estaba ocurrir a los 32 minutos del sábado 23, cuando el terremoto desató toda su furia contra Managua.

Un enorme estruendo que se escuchó a lo largo y ancho de la ciudad seguido de un movimiento seco y mortal en la tierra. Managua se derrumbó. Gritos de desesperación. Enormes columnas de polvo producto de la caída de las paredes de taquezal, la falta de energía eléctrica, hizo que el miedo y la desesperación se agigantaran aún más.

Los gritos desgarradores de los vecinos preguntando por sus seres queridos y vecinos, hacían que esos minutos se convirtieran en horas de suplicio. “María, José, ¿dónde están?, ¿pudieron salir?, ¿y a tu mamá pudieron sacarla?” Eran los gritos de ayuda y esperanza entre todos los que vivíamos en los barrios del antiguo centro capitalino.

Tras las columnas de polvo llegaron las de humo que salían de los mercados San Miguel y Central, que oscurecieron aún más lo que quedaba de la ciudad. Momentos de terror, angustia y desesperación, inolvidables para toda una generación.

Los sonidos y las imágenes imborrables

Faltando pocos días para conmemorar el 48 aniversario de este terremoto, aún golpean en los oídos de cada uno de los que vivimos este terremoto, los llantos de horror, los gritos de los que estaban prensados por alguna solera o pared. La muerte pasó cabalgando y riendo a carcajadas, destrozando, en menos de 40 segundos, a una ciudad tan linda y graciosa.

Al amanecer la tranquilidad asomaba poco a poco su velo de muerte y destrucción. Los que perdieron algún ser querido, lamentaban su pérdida y se resignaban con tener a los demás miembros de la familia sanos y salvos. La solidaridad entre los vecinos no se hizo esperar. En cada barrio se formaron cuadrillas de rescate, conformada por los hombres mayores. A los chavalos también nos asignaron trabajos, como ayudar a quitar los escombros de la casa de un vecino para que pudiera salir o entrar nuevamente para sacar algo de necesidad. “¿Doña Juanita, necesita que le ayudemos en algo?”, preguntaba Balto Baca, en mi barrio.

Horas después del sismo, la solidaridad continuaba. Efrén Espinoza, un vecino del barrio Santo Domingo, me comentaba que éramos más de 30 chavalos, todos andábamos ayudando. Una señora que se las daba de encopetada y de la cual no voy a dar su nombre por respeto a sus hijos, se acercó donde nosotros diciéndonos: “Háganme un favor, si pueden entrar con cuidado a mi cuarto, me buscan mi chapa de dientes, la tenía sobre mi mesita de noche dentro de un vaso de agua”.

Todos nos quedamos viendo y además nos causó risa. “¿Quién va a creerlo?”, comentó el Chele Mendoza, nadie en el barrio sabía que la dama usaba chapa. Nos metimos a la casa, e iniciamos una búsqueda por el aposento de la señora. Al entrar a este, un par de soleras estaban sobre la mesita de noche, el vaso quebrado y la chapa partida como en tres partes.

-“Llevémosela así”, dijo Rubén Torrez.

Al salir de la casa se entregamos y ella rompió a llorar amargamente. Las vecinas del barrio al verla sollozando se acercaron para calmarla.

-“¿Qué fue lo que perdió?”, preguntas una de ellas.

-“¡Aay amiga, se me quebró mi chapa, y ahora no voy a comer bien hasta quien sabe cuándo se vuelva instalar mi dentista”.

Fue una alegría, no por el mal de haber perdido la chapa, sino porque la señora era estirada y presumía de su sonrisa.

Los pelos más hermosos

Pero este tipo de situaciones sucedieron en cada uno de los barrios de Managua. En San Antonio, cuya fama era de que ahí vivía gente de plata, sucedió un hecho muy cómico. Gustavo Montes, quien vivió en ese barrio hasta el terremoto de 1972, me contaba de un matrimonio conformado por un ingeniero, su esposa y tres hijos, dos mujeres y un varón. Las chavalas eran bien bonitas y además tenían unos pelos de lo más hermoso, ellas y su madre lucían sus cabelleras como ninguna en el barrio. Todos decíamos que esos pelos costaban un platal, mantenerlos bien peinados, limpios y el color bien vivo.

“El terremoto en mi barrio fue fuerte, se ensañó en él. Como a las seis de la mañana, ya había pasado lo peor, sacamos muertos, ayudábamos a los heridos, unos hombres salieron a buscar agua, en fin la ayuda colectiva no se hizo esperar. El que tenía algún pequeño botiquín médico lo puso a la orden de los vecinos, nadie quería dejar su casa o lo que había quedado de ella. Mi mamá era muy amiga de la señora que te comentaba antes, me llamó y me dijo:

-“Anda donde (doña fulana) que necesita que le busqués algo”.

Nosotros veíamos que esta señora y sus hijas salieron con el sismo con toallas en la cabeza, todo el barrio les preguntaba si les había sucedido algo y ella respondía: “Es que la tenemos tapada por el sereno, ustedes saben primero calor y ahora mucho frío, nos puede hacer daño”. “

Cuando llegué donde ella estaba sentada en media calle al lado de sus hijas y me dijo:

-“Gustavito, vos sabes que tu mamá y yo somos buenas amigas, que yo a vos te he visto desde tierno, ahora necesito que me hagás un gran favor pero sobre todo que no vayas a contar lo que me vas a hacer”.

-Tranquila doña, qué necesita que haga.

-¿Vos conociste el cuarto de las niñas?

-Claro, le contesté.

-¿Conociste también donde estaba ubicado el mío?

-También señora…

-“Tratá de entrar a los dos cuartos y me buscás las dos pelucas de las chavalas y la mía en mi cuarto”.

-“Claro doña, yo se las traigo…

-“Espérate -me dice asustada- busca como envolverlas en algún trapo para que la gente no las vea, haceme ese favor”.

Las pelucas entre los escombros

“Así fue, penetré a la casa que estaba en escombros, adornos, vasos quebrados, hasta llegar al cuarto de las chavalas. Aquí la cosa se me complicó, había un ropero de tres cuerpos que estaba sobre las dos camas, era imposible levantar yo solo tremendo ropero. Para dicha de las vecinas, las pelucas estaban en el suelo debajo de una mesa. Estaban llenas de tierra y desgreñadas. Las tomé y me dirigí a la habitación del matrimonio, aquí la situación era peor, una cómoda con espejo estaba tirada en el piso, un ropero se había ladeado y era bien complicado caminar sobre estos escombros”.

“Como pude encontré la peluca de la doña, al halarla se me reventaron varias hebras de pelo, pero tenía que llevarla. Sobre la cama estaba una sábana toda llena de tierra y piedras, la tomé y envolví las tres pelucas. En solo la entrada a la casa la señora me estaba esperando y al verme una gran alegría se le reflejó en su rostro, me quitó la sábana diciéndome:

-“Gracias Gustavito, ya sabés esto queda entre vos y yo”.

-“Tranquila no se preocupe”, le dije.

“Unas tres horas después las muchachas y su mamá, se habían quitado los trapos de la cabeza, empezaron a lucir sus bellas cabelleras, llenas de polvo, alguna que otra piedra, pero estaban felices. Tres días después esta familia se fue del barrio hacia Granada, pero cuando salían, ya me había encargado de contarle a todos que la señora y sus hijas eran medias pelonas, sufrían de una enfermedad, según me contó mi mamá. El barrio entero gozaba del cuento de las pelonas, 48 años después, cuando nos encontramos vecinos del barrio en algún lugar, siempre recordamos el cuento de las pelonas, tan fachentas que eran y era peluca lo que andaban”, concluye su anécdota Gustavo Montes.

Como estas historias muchas más salieron a luz pública tras el terremoto, que además de dejarnos sin nuestras casas, desveló los secretos mejor guardados de muchas familias, salidos con la fuerza de un huracán.

Managua nunca volverá ser como era, la más linda de Centroamérica, la más bullanguera, pero también la más sencilla, guapa y adornada.

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