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Decir la verdad se convirtió en un delito

Oscar Mejía Velásquez
La Calle

Desde que somos niños y avanzamos en todo ese camino de crecimiento hasta llegar a adultos, nuestros padres nos inculcan valores como parte de nuestra educación fundamental. Decir siempre la verdad ante cualquier circunstancia y ser honestos, dos conceptos vitales para triunfar en la vida.

En la Nicaragua actual, estas enseñanzas convertidas en principios pueden llevar a perder un empleo, al despido. Manifestarse con la verdad puede llevarte a problemas graves. suspender de tus labores, separarte de la actividad que representa tu vida, tu pasión. Lo increíble del caso es que hoy en día decir la verdad es un “delito” si lo que se dice no es del agrado de los mandatarios del país. Un par de personajes que podríamos fichar como mentirosos, que esconden información vital para un pueblo que atraviesa una de los peores momentos de la humanidad debido a la pandemia ocasionada por el Covid-19.

Norman Cardoze, mánager de las Fieras del San Fernando, relató a la Agencia AP, reproducido luego por la cadena ESPN —una de las televisoras deportivas en español más importantes de USA—, todo el trauma que vivió luego de dar positivo del Covid-19, su internamiento en un hospital de Masaya. Los miedos y traumas que superó, junto a su hijo, con quien estuvo hospitalizado. Ambos sobrevivieron a esta terrible enfermedad.

Como era de esperarse la falta de tolerancia gubernamental no se hizo esperar y haciendo gala de prepotencia, ya que el gobierno es quien paga a los jugadores y entrenadores, dejaron caer la guillotina sobre su cabeza. Fue despedido sin dar razones o motivos creíbles. Los alcaldes que componen la directiva del San Fernando recibieron la orden de “pasarle la cuenta”, sin importar lo que representa Norman para la ciudad de Masaya: victorias, triunfos y alegrías.

El menosprecio por la vida ha llegado al punto en que la sensibilidad humana ha desaparecido en los gobernantes. Exteriorizar el pensamiento con libertad, es una acción impensable en estos días cuando imperan el miedo y el terror, y la libertad de expresión ha sido acuchillada.

Cardoze no hizo nada malo para ameritar el despido. Su único delito consistió en narrar los días que pasó en un centro hospitalario y decir que fue testigo ocular de 20 muertes por Covid-19. Hoy, el trauma que le quedó por escuchar los martillazos que sellaban los ataúdes, hace que un ruido de ese tipo le acelere el corazón. Vivimos en un país sin justicia, pero con esperanza. Así como llego esta pandemia, todo podría cambiar de un momento a otro.

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