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“Mátame a mí también” le gritó Celina al Chacal de Tacaniste

  • El frío relato del asesino ante el juez con los detalles de la masacre
  • La mató, luego la violó y con el machete le arrancó los senos
  • Se fue a una cantina, puso El Manicero en la roconola y se puso a bailar solo…

VII entrega

Por Bosco León Báez
LA CALLE

Celina Campos, asesinada junto al matrimonio de don Juan y Eloísa Campos, en la finca Ilma, en el Crucero, el sábado 7 de septiembre de 1957, no pudo ver como mataron a sus abuelos. Cuando Pompilio Ortega inició la masacre, ella había salido huyendo.

El criminal con una frialdad impresionante relató al Juez los detalles del triple crimen:

“La seguí a través de los cafetales hasta llegar al guindo El Rosado. Pero como la pendiente era muy profunda y además empinada, Celina cayó dando vueltas y vueltas hasta detenerse en el fondo de la cañada. En el trayecto de la caída, la ropa se le rompió. Al verla tirada en la cañada me le acerqué y pude ver que tenía toda la cara y el cuerpo golpeados, yo no quería matarla pero ella aún y con todo el dolor que estaba sintiendo por los golpes me dijo: “si ya mataste a mis abuelitos”… no sé, la verdad es que no le entendía muy bien hasta cuando me dijo “mátame a mí también”.

Y yo, no me vi más en la sin remedio que matarla y luego abusé de ella, también le arranqué los senos. La hoja del machete que tenía la sangre de Celina, la limpié con hojas de chagüite. Luego tomé el camino de la Hacienda La Florida que lleva a Managua, al salir a la carretera tomé una camioneta y me vine a la capital”.

“Estando en el mercado encontré a un señor al cual le vendí el machete en tres pesos ya que este me dijo que trabajaba como jornalero en una finca. A este mismo señor le pregunté dónde podía dormir, y él me dijo que me fuera a los dormitorios públicos y me dio la dirección. Al día siguiente, muy de mañana, tomé un microbús que me llevó hasta la entrada de San Francisco del Carnicero. Estando en la espera pasó un camión con unos jugadores de béisbol que iban para Camoapa a jugar, en este camión venía el Comandante de Camoapa. Después de este viaje me dirigí a mi casa cerca del Tesoro, donde estuve dos días descansando, hasta que el viernes por la mañana llegó la patrulla de la Guardia y me capturó”.

Antes vagó por el Crucero

“Los cinco días en que la guardia me anduvo buscando y no me hallaron por los montes, fue porque antes de matar a los viejitos y a Celina, anduve por El Crucero, la Hacienda La Horqueta del Tizate. También estuve en la agencia de gaseosas y ahí estuve conversando con Manuel Molina y Francisco Silva, capataz de la Hacienda Los Brasiles. De ahí salí para la Hacienda Elim, para ir a buscar a Celina, llegué pasadito de las cinco de la tarde. Claro, cuando la Guardia anduvo preguntando por mí, estas personas le dieron las pistas equivocadas, y se dedicaron en buscarme en los alrededores de la cañada y de la casa de los viejitos Campos”.

“Por esto el Teniente Linarte anduvo cinco días tras mi búsqueda, pero fue porque anduvieron preguntando con los señores antes mencionados”, declaró.

Pero fue hasta que las declaraciones en las Oficinas de Investigación y bajo estrictas reservas de las autoridades de la señora Bertha Álvarez Ampié, quien dio importantes detalles para la captura del Ortega. La señora Álvarez quien vivía en Managua, del puente el Paraisito una cuadra al lago y una abajo, declaró diciendo que Pompilio Ortega se había presentado a su casa de habitación, dejando una frazada y además diciéndole, “voy a dejar esta frazada por si algún día regreso y la puedo necesitar”.

“Luego, agregó la señora Álvarez me regaló unas chapas y una cadena de oro en agradecimiento. A mí me pareció sospechoso el hecho de regalarme esas prendas por lo que llamé a dos muchachos que estaban en mi cantina de nombres, Antonio Pérez y Félix Jara, para que vieran que él me estaba regalando las prendas”.

“Después, me pidió dos monedas para echarle a la roconola, marcó “El Manicero” y se puso a bailar solito. Como a las doce de la noche llegaron unos clientes diciéndome que iban para una vela y que se querían tomar un par de tragos ya que en la vela había bastante guaro. Pompilio les dijo que si los acompañaba y éstos le dijeron que sí. Al día siguiente llegó como a las seis de la mañana pidiéndome el saco donde andaba su ropa, tomó un carro y se marchó”.

En nuestra próxima entrega, Pompilio Ortega se confiesa en su celda con Monseñor Chávez Núñez.

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