Reportaje

Las cocacoladas de la Casa Blanca

  • Una mítica discoteca estrictamente para chavalos
  • También aquí nacieron artistas nacionales conocidos

Por Bosco León Báez
LA CALLE

Cuando nace la discoteca Casa Blanca, un grupo de amigos y yo teníamos 18 años. Veníamos de saborear el rock de finales de los 60 y visitamos el lugar frecuentado por muchachas decentes que estudiaban en colegios privados, caros. Nosotros, y muchos más, les decíamos “fresas”, aún el apodo de “plástico” no se había implementado.

La música de Casa Blanca era distinta a la que nosotros habíamos disfrutado. Ni modo había que darle lugar a la música disco de Gloria Gaynor, Barry White, Donna Summer y doña Carol King. También escuchamos las sabrosas baladas en inglés para bailar en un ladrillo de los Bee Gees, Chicago, Abba, Roberta Flack. Los cantantes y grupos en español por los cuales las muchachas suspiraban como Camilo Sesto, Juan Bau, Los Iracundos, Los Ángeles Negros, entre otros. La salsa de Las Estrellas de Fania, Roberto Torres y su caballo viejo, el Patacón Pisao del maestro Johnny Ventura, eran las que nos hacían bailar con pasos mezclados de cumbia y salsa.

Era pequeña. pero acogedora, pista sencilla nosotros bailábamos con luces en el piso lo que era toda una novedad. Un par de meses después de haberse inaugurado los dueños de esta discoteca implementaron lo que se conoció como las “cocacoladas”. Esto era que la discoteca iniciaba a las dos de la tarde finalizando a las 6 de la noche. En este horario solo llegaban los muchachos y chavalas entre 15 y 17 años y este selecto grupo solo podía consumir coca-cola, hot dogs, sándwich y alguna repostería, debido a que eran menores de edad.

La curiosidad nos hizo llegar a ver cómo eran estas cocacoladas, en su interior lo que vimos fue a un cipoterío que daban la impresión de estar en una piñata y no en una disco moderna. Solo faltaba escuchar la canción de clavear de los cipotes, “Chambacú”. Nosotros no pudimos conseguir que nos vendieran una sola cerveza, los meseros nos decían que era prohibido el consumo a esa hora de licor, aunque nosotros éramos mayorcitos.

Pero fue bonito ver a los muchachos y chavalas los cuales eran enamorados o novios bailando pegaditos. Los chavalos le tarareaban al oído la canción que estaba sonando y en otros casos diciéndoles un montón de mentiras como “vos sos la única”, “te quiero hasta dormido” y todas esas artimañas que se utilizaban en esos tiempones para enamorar a una chavala, quien suspiraba al escuchar de su novio palabras bonitas y tiernas pero cargadas de mentira, nosotros veíamos ese show y nos reíamos hasta el cansancio.

Una tarde en el barrio, un amigo nos dijo que Carlos Alberto Rosales Alvarado, nuestro compañero rockero se estaba preparando a escondidas nuestras para ir a Casa Blanca con su novia de 17 años a una cocacolada. Indudablemente no podíamos perdernos ese show. Ver a Carlos Alberto, un rockero de corazón en esas, no tenía precio. A eso de las cuatro de la tarde arrancamos una caravana de amigos para ver las andanzas de nuestro amigo rockero, quien había bailado puro rock en las fiestas de antes del terremoto en la Metasa y el Internacional, que vestía jeans rotos, pelo largo y sandalias, en esta ocasión llegaría a la disco como muchacho bien portado.

Entramos a la discoteca casi a escondidas para atrapar a nuestro amigo disfrutando con su novia de las canciones “fresas”, como nosotros les decíamos, a todo lo que esos años estaba sonando. Una vez dentro lo buscamos y cual fue nuestro susto que vamos viendo a Carlos, bien vestidito, bailando y cantando una canción del desaparecido cantante español Camilo Sesto, “Todo por nada”. Desde ese entonces le quedó como apodo el nombre de esta canción.

Ramón Delgadillo, fue el encargado de bajar a la pista y ponerle el brazo para que nos viera a todos como disfrutaba las canciones de Camilo Sesto. Carlos al vernos se puso tan blanco como hoja de papel bond y para no amargarle más la noche nos retiramos dejándolo con su novia disfrutar de “todo por nada”. 46 años después de este suceso cuando lo llamo hasta su casa en Florida lo saludo, “que tal todo por nada”, él siempre con una sonrisa responde, “la vida me cambió todo por nada”.

En nuestra próxima edición, los concursos de baile en Casa Blanca.

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