La Managua “oscura” llena de lupanares y cantinas
Managua

La Managua “oscura” llena de lupanares y cantinas

  • Barios del centro de la ciudad destruida por el terremoto de 1972 infectados por el vicio
  • Las balaceras nocturnas de los guardias pelones cuando estaban bolos
  • El Coronel Rodríguez llegó al barrio y se quedó impávido al ver las cartas

Por Bosco León Báez
LA CALLE

1970: en las inmediaciones del cine México, de la gasolinera el Triángulo hacia el lago, la gente podía caminar o viajar en carro, sin obstáculo alguno. Los buses también circulaban sin problema, los tentáculos del Mercado Oriental aún no llegaban a cubrir este punto, como ocurrió muchos años después.

En abril de 1970, las cantinas y burdeles crecían a pasos agigantados, como hongos en invierno. Así, del cine México hacia el lago, en tan solo tres cuadras, había 26 cantinas y 11 prostíbulos, sin incluir los que estaban hacia el sur, como la famosa “Conga Roja” entre otros.

Estos antros de vicios funcionaban disfrazados o escondiditos. “Mi papá tuvo que vender en 1971 la casa y el negocio de abarrotes que tenía, porque la delincuencia aumentaba sin control de las autoridades debido a que al menos ocho de estos negocios eran propiedad de tenientes de la Guardia Nacional”.

Así comienza el relato sobre el tema, Rafael Estrada, quien nació en este barrio y salió de él cuando su padre vendió la casa.

“No se podía vivir -dice Payo- mi hermana mayor Lorena, cuando regresaba del colegio, mi papá le decía al ayudante que tenía en el negocio que fuera a traerla a la gasolinera el Triángulo para evitar que algún borracho quisiera tocarla o decirle obscenidades. Cuando eran las seis de la tarde las roconolas empezaban con su música en alto volumen hasta horas de la madrugada, era imposible conciliar el sueño. Además de las canciones de la Sonora, Cuco Sánchez y otros artistas de ese tiempo, tipo 10 de la noche empezaban los pleitos, balazos y gritos, era el complemento final para no dormir del todo”.

Eugenio Lazo fue un vecino que llegó a Managua de San Pedro del Lóvago, departamento de Chontales, en esa época. El ciudadano tenía una gran pulpería, la pared de la casa de su casa-negocio estaba literalmente perforada de balazos. Una noche como a las 9 se armó una balacera entre dos guardias pelones y tres “chivos” de uno de los burdeles. Uno de los balazos penetró por la ventana de madera de la casa de don Eugenio e impactó en la pierna de su hijo menor, Roberto. Al llanto del hijo y viéndole la sangre don Eugenio salió de su casa armado de un enorme machete y la tranca de la puerta de su casa para enfrentarse a los borrachos pistoleros.

Para desgracia de uno de los pelones que estaba de espalda a don Eugenio, él recibió la primera carga de golpes del padre fuerzas que usó la tranca para enfrentarse al guardia. “En mi vida había visto a un hombre tan arrecho como este vecino, quien se abalanzó sobre el otro pelón hiriéndolo en el brazo derecho. Al escuchar los gritos despavoridos, mi papá con otros vecinos salió ayudar a don Eugenio y entre los tres, más la ayuda de los chavalos, lograron desarmar a los cinco individuos a los que amarraron a un poste de luz, todos en calzoncillos”, nos dice.

Así pasaron toda la noche hasta que a las 9 de la mañana se apareció el jefe de la sección de policía ubicada cerca del Calvario a rescatarlos. A esa ya habían llegado reporteros de medios radiales y escritos que dieron cobertura al peligroso y sangriento escándalo.

“Don Eugenio le dijo al jefe de la sección de policía, que no los entregaría hasta que llegara el comandante de la policía de Managua, el Coronel Francisco Rodríguez Somoza. El guardia se puso a reír al conocer la demanda de don Eugenio pero un periodista del diario Novedades (de la familia Somoza) puso al tanto al jefe policial, quien una hora después llegó al lugar. Los vecinos le hicieron los reclamos mostrándole cartas dirigidas a él y que nunca surtieron efecto”.

Rodríguez Somoza quedó impávido al leer las cartas enviadas a su oficina y ordenó al guardia, jefe del comando cerrar todas las cantinas y burdeles de la zona. “No vayas a creer que lo hizo por buena gente, lo que pasó fue quien daba los permisos de operación era el secretario del Coronel Rodríguez Somoza. Cinco meses después las cantinas volvieron a abrir, “pero mi papá ya había vendido nuestra casa para mudarnos al barrio Santo Domingo”, concluye el relato de Payo Estrada.

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