La última prueba del seminarista
Managua

La última prueba del seminarista

  • Otra anécdota del Quelite contada por su protagonista
  • Superó la prueba de la pista de baile y dos encuentros
  • Volvió ordenado de sacerdote en España a dar misa en Condega

Por Bosco León Báez
LA CALLE

Con los reportajes que publicamos en LA CALLE de uno de los lugares más recordados y visitados en la década de los 80, El Quelite, me he dado cuenta que tengo muchas amigas y amigos cuyas edades oscilan entre 60 años o más cargados anécdotas sobre este bar y restaurante.

He recibido infinidades de llamadas de ellos diciéndome que LA CALLE la está “partiendo” con estos artículos y que desean contarnos sus anécdotas y recuerdos de cuando fueron “queliteros”. Agradecemos a todos sus comentarios.

Mi esposa y yo recibimos una invitación de nuestra amiga y excompañera de trabajo, en la década de los 80, doña Claudia Pérez Salmerón. Luego de saludarla a ella y a su flamante esposo don Carlos Salazar, me dijo “voy hacerte una crítica constructiva, el verdadero nombre de lo que fue este centro recreativo no es El Quelite, sino, “Campestre El Quelite”.

“Tengo grabado en mi memoria un anuncio publicitario donde se promocionaba de la siguiente manera: “Campestre El Quelite, ambiente de fiesta nocturna, comida criolla e internacional, tragos nacionales y extranjeros, música viva de jueves a domingo, mariachis todos los días, ambiente natural y fresco, entrada gratis”.

Una vez corregido el error, Claudia se sentó en un hermoso sofá y queriendo agarrar con su mano los recuerdos, vivencias y anécdotas inicia su conversación de la siguiente manera.

“Llegué por primera vez en febrero del 83, andábamos como 6 compañeros (as) de trabajo celebrando el día de los enamorados. Desde que ingresé al lugar sentí una gran alegría, creo que te recuerdas -me dice- que tenía varios meses de estar atravesando un problema familiar y esa salida fue relajante luego de mucho stress acumulado.

La invitación a bailar

“Una vez bien acomodados en el Quelite comenzamos a bailar con nuestros compañeros, al cabo de un par de horas se llegaron a sentar frente a nuestra mesa dos hombres los cuales veían a todos lados como que buscaban a alguna persona en particular. Nosotros seguimos en la bailadera, estábamos pasándola muy bien. De pronto, veo que uno de los hombres se levantó y me dice, “no tiene problema en ir a bailar conmigo”, lo quedé viendo y le dije “vamos”.

“Iniciamos el baile. El hombre bailaba muy bonito, pero me llamaba la atención que no tenían ningún tipo de licor en su mesa, dos platos de comida y gaseosas.

“Seguimos bailando y me atreví a preguntarle si ellos no bebían, y me dijo que no, habían llegado a cenar y si podían bailar, bailaban. Conversamos y como a las doce de la noche mis compañeros me dijeron que era hora de irse. Cuando nos ven que estamos por salir, el muchacho que había bailado conmigo se levantó y se despidió de mí, diciéndome que me invitaba y que podía llevar a una amiga para dar otra bailadita. Le contesté que sí y le di el teléfono de mi oficina. El jueves de la semana siguiente el hombre me llamó y nos pusimos de acuerdo que nos miraríamos nuevamente en el Quelite a las 7 de la noche”.

“Me acuerdo -sigue contando Claudia- que me llevé para que me acompañara a Noelia Guzmán, con la cual compartía la misma oficina. En solo la entrada del Quelite estaba el muchacho quien muy educado y amable nos fue a recibir y de inmediato pasamos a buscar una mesa. Una vez instalados, el joven nos dijo que podíamos pedir licor, que el hecho que él no bebiera no significaba que nosotras no lo hiciéramos”.

Descubre quién es

“Como a la media hora nos contó que era su última semana en el país ya que se trasladaba a España para concluir sus estudios universitarios. Me agradeció el haber aceptado su invitación y sobre todo el hecho de bailar con él la vez anterior. Pasamos una bonita velada y antes de retirarnos me pidió la dirección de mi casa para escribirme. No se olviden nos dice Claudia que para ese tiempo no existía internet por lo tanto teníamos que comunicarnos vía correo”.

“Un año después, en 1984, Carlos y yo nos casamos. En octubre de 1986 tuvimos que acompañar a mi suegra a visitar a mí cuñado menor, Alfonso, quien estaba prestando su servicio militar en Estelí. El encuentro sería en Condega, lugar al que llegaría el batallón al que pertenecía para ver a los familiares. Como a las diez de la mañana me di cuenta que había misa y le dije a Carlos que iría a la Iglesia, llegué casi al final pero cuando vuelvo a ver al padre me llevé tremendo susto al ver que el muchacho que conocí en el Quelite, era el sacerdote que oficiaba la santa misa”.

“No puede ser, me dije, es una locura, con ese hombre estuve bailando y hasta había notado en ese entonces que era enamorado  mío. Esperé que diera la bendición y lo seguí a la sacristía para hablar con él. Al llegar al lugar el padre ya había entrado, entonces le dije a uno de los ayudantes de él que me lo llamara, que venía desde Managua para verlo”.

“Hubieran visto -sigue Claudia- haciendo gestos con sus manos, la cara que puso el padre cuando me vio”.

-Hola, ¿como estás?

“El cura no podía hablar de la sorpresa que atravesaba. Él me extendió la mano y me dijo:

-¿Qué tal Claudia?, ¿qué hacés por estos lados?

“Le comenté de mi presencia en el lugar y de inmediato me invitó a sentarnos en una pequeña sala dentro de la sacristía”.

La última prueba

“Me confesó que cuando me conoció estaba finalizando sus estudios en el Seminario Nacional y que esa salida la hizo para ver si su fe estaba bien marcada, quería experimentar si al estar con una mujer guapa como yo no flaquearía en su vida sacerdotal. Cuando te invité a salir era mi despedida ya que me trasladaría a Madrid a concluir mis estudios y ordenarme sacerdote”.

-No hay problema, le dije, lo importante es que lograste tu meta y me alegro mucho de saber que tengo un buen amigo sacerdote, claro me dijo estoy a tus órdenes en lo que vos necesités.

“Conversamos como una hora. Me comentó que había solicitado a sus superiores que lo enviaran a ejercer su labor pastoral en un pueblo pequeño. El cura párroco de Condega había sido trasladado a otra diócesis y a mí me encargaron esta parroquia.

“Después de verlo, a finales del 86, no volví a saber nada de él hasta hace como dos años que me hizo llegar a casa de mi mamá, donde vivía antes de casarme, un rosario precioso. En una pequeña nota me dice que estaba bendecido por su Santidad el Papa Francisco y que tenía seis años de estar ejerciendo su misión pastoral en Chiquimula, Guatemala, en una parroquia humilde al igual que sus habitantes”.

Tremendo pecado mortal te hubieras llevado si hubieses sacado del seminario al curita de pueblo le dije en tono de broma a Claudia. “Gracias a Dios el sacerdote cumplió con su misión cabalmente”, contestó Claudia con una gran sonrisa en sus labios.

Perdóname que no te dé su nombre, pero es un compromiso que adquirí con él por aquello de las malas interpretaciones. Como dice una estrofa de la canción de Rubén Blades, el padre Antonio y su monaguillo Andrés: “El padre no funcionaba en el Vaticano, entre papeles y sueños de aire acondicionado, se fue a un pueblito en medio de la nada, a dar su sermón cada semana para los que busquen la salvación”.

 

En nuestra próxima entrega, la suegra ve a su yerno bailando con otra dama en el Quelite.